
Hace mucho tiempo, en los días en que Israel tenía por rey a un hombre llamado David, ocurrió una historia marcada por el amor, el dolor, la traición y el perdón.
David había sido un gran rey. Dios lo había levantado desde los campos donde cuidaba ovejas y lo había llevado hasta el trono de Israel. Había enfrentado gigantes, guerras, enemigos y grandes dificultades. Pero, a pesar de todas sus victorias, hubo una batalla que David nunca pudo ganar con una espada: la batalla dentro de su propia familia.
Entre sus hijos estaba Absalón.
Absalón era un hombre de gran apariencia. La Biblia dice que no había en todo Israel otro hombre tan alabado por su hermosura como él. Tenía una presencia que llamaba la atención y un cabello abundante que se convirtió incluso en parte de su historia.
Pero detrás de aquella apariencia había un corazón que poco a poco comenzó a llenarse de resentimiento, ambición y deseos de venganza.
El dolor comenzó dentro de la familia
Absalón tenía una hermana llamada Tamar. Ella fue víctima de un terrible abuso cometido por su propio hermano Amnón, otro de los hijos de David.
Absalón quedó profundamente herido por lo ocurrido.
Durante mucho tiempo guardó silencio, pero aquel silencio no significaba que hubiera olvidado. El resentimiento creció dentro de él.
David supo lo que había sucedido y se enojó mucho, pero la situación familiar no fue resuelta como debía.
Y allí comenzó a abrirse una herida que con el tiempo se haría mucho más profunda.
Absalón esperó.
Dos años después, preparó una fiesta y mandó llamar a Amnón. Cuando llegó el momento oportuno, sus hombres lo mataron.
Después de aquello, Absalón huyó y permaneció fuera de Jerusalén.
David lloraba por su hijo.
Aunque Absalón había cometido un crimen, seguía siendo su hijo.
Y aquí encontramos una de las grandes tragedias de esta historia: David era rey de Israel, pero antes que rey era padre.
Pasaron los años y finalmente Absalón regresó a Jerusalén.
Sin embargo, aunque estaba cerca de su padre, la relación entre ambos ya no era la misma.
Había distancia.
Había heridas.
Había cosas que nunca fueron verdaderamente sanadas.
Absalón comenzó a ganarse el corazón del pueblo
Absalón comenzó entonces a desarrollar una estrategia.
Se levantaba temprano y se colocaba junto al camino que llevaba a la puerta de la ciudad. Cuando alguien llegaba para presentar un asunto delante del rey, Absalón se acercaba y preguntaba:
—¿De qué ciudad eres?
Después escuchaba el problema y decía, en esencia:
—Mira, tu situación es buena y justa, pero no hay quien te escuche de parte del rey.
Y luego añadía:
—¡Quién me pusiera por juez en el país!
De esta manera comenzó a robar el corazón de los hombres de Israel.
La Biblia resume aquella situación con una frase impresionante:
“Así robaba Absalón el corazón de los de Israel.”
2 Samuel 15:6, RV 1960
Absalón no tomó el trono de inmediato.
Primero tomó los corazones.
Primero construyó una imagen.
Primero hizo que la gente creyera que él podía hacer mejor las cosas.
Y cuando consideró que había llegado el momento, comenzó su rebelión.
El rey tuvo que huir
Un día, Absalón declaró públicamente que sería rey en Hebrón.
La conspiración comenzó a crecer.
Cada vez más personas se unieron a él.
Cuando David recibió la noticia de que el corazón de Israel se había inclinado hacia Absalón, comprendió que Jerusalén ya no era un lugar seguro.
Y el rey tuvo que hacer algo que probablemente jamás imaginó:
David tuvo que huir de su propia ciudad por causa de su propio hijo.
Salió de Jerusalén acompañado por sus siervos, sus hombres y quienes todavía permanecían fieles a él.
El hombre que había enfrentado ejércitos enteros ahora caminaba por el camino de la huida.
Pero lo más doloroso no era abandonar el palacio.
Era saber que detrás de aquella rebelión estaba Absalón.
Su propio hijo.
Mientras David subía por el monte de los Olivos, lloraba.
Iba con la cabeza cubierta y descalzo.
Aquello no era simplemente la huida de un rey.
Era el corazón de un padre quebrantado.
La batalla entre padre e hijo
Finalmente llegó el momento inevitable.
Los hombres de David salieron a luchar contra el ejército de Absalón.
Pero antes de que comenzara la batalla, David dio una orden que revela cuánto amaba a su hijo.
David dijo a sus capitanes:
“Tratad benignamente por amor de mí al joven Absalón.”
2 Samuel 18:5, RV 1960
David no dijo:
“Mátenlo.”
No dijo:
“Es mi enemigo.”
Dijo:
“Tratad benignamente… al joven Absalón.”
Aunque Absalón había conspirado contra él, había intentado quitarle el reino y había obligado a su padre a huir, David todavía lo llamaba “el joven Absalón”.
Porque para David, Absalón seguía siendo su hijo.
El cabello que lo llevó a la muerte
La batalla comenzó en el bosque de Efraín.
Los hombres de David derrotaron al ejército de Absalón.
Absalón huyó montado en un mulo.
Pero ocurrió algo inesperado.
Mientras avanzaba, su cabello quedó atrapado entre las ramas de una encina.
El mulo continuó su camino y Absalón quedó suspendido.
Uno de los hombres de David lo vio y fue a informar a Joab.
Joab encontró a Absalón todavía vivo.
A pesar de la orden de David, Joab tomó tres dardos y los clavó en el corazón de Absalón.
Después sus hombres terminaron con él.
La rebelión había terminado.
Pero para David, la verdadera tragedia apenas comenzaba.
“¡Hijo mío, Absalón!”
Un mensajero llegó corriendo para llevarle la noticia al rey.
David preguntó:
—¿Está bien el joven Absalón?
El mensajero respondió que había visto una gran conmoción, pero que no sabía exactamente qué había sucedido.
Finalmente llegó otro mensajero y le comunicó la victoria.
David preguntó nuevamente:
—¿El joven Absalón está bien?
Entonces recibió la respuesta.
Absalón había muerto.
Y en ese instante, David dejó de ser rey.
Dejó de pensar en el ejército.
Dejó de pensar en la victoria.
Dejó de pensar en el trono.
Solo quedó el padre.
La Biblia dice:
“Entonces el rey se turbó, y subió a la sala de la puerta, y lloró; y yendo, decía así: ¡Hijo mío Absalón, Absalón, hijo mío, hijo mío!”
2 Samuel 18:33, RV 1960
Y luego David pronunció unas de las palabras más dolorosas de toda esta historia:
“¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!”
2 Samuel 18:33, RV 1960
David había ganado la guerra.
Pero había perdido a su hijo.
Una victoria que sabía a derrota
Israel había vencido.
La rebelión había terminado.
El trono estaba nuevamente en manos de David.
Pero aquella victoria no produjo alegría en el corazón del rey.
Porque hay momentos en la vida en que una persona puede ganar una batalla y, sin embargo, sentir que ha perdido algo mucho más importante.
David recuperó Jerusalén.
Recuperó el reino.
Recuperó el trono.
Pero no pudo recuperar a Absalón.
Y aquella es quizás la parte más triste de toda la historia:
Absalón murió como rebelde, pero David lloró por él como padre.
La enseñanza de la historia de David y Absalón
La historia de David y Absalón no es solamente una historia sobre un rey y su hijo.
Es una historia sobre las consecuencias del resentimiento, las heridas familiares, la falta de reconciliación, la ambición y el poder destructivo de un corazón que no sana.
Absalón permitió que una herida se convirtiera en resentimiento.
El resentimiento se convirtió en odio.
El odio terminó convirtiéndose en venganza.
Y la venganza terminó llevándolo a una rebelión que finalmente le costó la vida.
Pero también encontramos una enseñanza profundamente conmovedora en David.
A pesar de todo lo que Absalón hizo, David nunca dejó de ser su padre.
Cuando tuvo que huir, lloró.
Cuando llegó la batalla, pidió que lo trataran con misericordia.
Cuando recibió la noticia de su muerte, no celebró la victoria.
Lloró.
Porque para un padre, un hijo no deja de ser hijo simplemente porque se haya equivocado.
Una historia que todavía habla hoy
Quizás esta historia nos recuerda que algunas heridas familiares, si no son atendidas a tiempo, pueden crecer hasta convertirse en muros difíciles de derribar.
También nos enseña que el resentimiento nunca permanece pequeño.
Lo que comienza como una herida puede convertirse en amargura.
Lo que comienza como amargura puede convertirse en odio.
Y lo que comienza como odio puede terminar destruyendo relaciones, familias e incluso la propia vida.
Por eso la Palabra de Dios nos exhorta:
“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.”
Efesios 4:31, RV 1960
Y también:
“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”
Efesios 4:32, RV 1960
La historia de David y Absalón terminó en un bosque, con un padre llorando por su hijo.
Pero nosotros todavía tenemos la oportunidad de escribir un final diferente en nuestras familias.
No esperemos a perder a alguien para decirle cuánto lo amamos.
No dejemos que el orgullo nos impida pedir perdón.
No permitamos que una herida se convierta en resentimiento.
Y no dejemos para mañana la reconciliación que podemos buscar hoy.
Porque algunas batallas pueden ganarse mañana.
Pero algunas personas, cuando se pierden, no pueden recuperarse jamás.
